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Teoría del perdón recíproco

Por Francisco Pomares



El Partido Popular de Canarias ha perdonado a sus consejeros díscolos en La Palma, confirmando su reincorporación (dicen que plena) a la confianza y disciplina del partido. Los consejeros del PP palmero fueron expulsados por llegar a un acuerdo con el PSOE, en contra de las decisiones de Génova y por presentar una moción de censura contra Coalición Canaria, que permitió al consejero del PP Mariano Hernández Zapata convertirse en presidente del Cabildo de La Palma.

 

La operación, montada en las mismas narices del PP nacional por el entonces presidente regional del PP, Asier Antona, se saldó con la renuncia pactada de Antona a cambio de ser jubilado anticipadamente con 80.000 eurillos del alma en el Senado, y un puestito de tercera fila en la dirección casadista. El perdón a los consejeros palmeros que se pasaron por el refajo las instrucciones del partido se produce -muy oportunamente- cuando el PP tiene que volver a cerrar filas para enfrentarse a la cita con las urnas que Pedro Sánchez le ha regalado otra vez a todos los españoles (palmeros incluidos). Deben pensar en Génova que más vale pelillos a la mar antes de las elecciones (y algunos votos), que seguir embroncados hasta después (y votos, ninguno).

 

Los partidos se vuelven cada vez más flexibles y tolerantes con la indisciplina de sus afiliados: algún día será imposible gobernarlos, de hecho ya empieza a ser difícil, cada vez que alguien pierde, monta otro. No fue siempre así: hace algunos años, los partidos se creían lo de la democracia interna y consideraban una burla a la voluntad de la mayoría que un grupo de afiliados pasara completamente de la opinión de esa mayoría. El respeto a las decisiones democráticas era algo sagrado, e incumplirlo provocaba la inmediata sanción de los traidores. Hoy no ocurre así. Nadie se toma muy en serio la democracia interna, porque al final, en los partidos el único debate que interesa a los afiliados es el del quítate tu pa' ponerme yo. Los partidos se han convertido en meras máquinas de colocación de sus cuadros, y la competencia y discusión interna tiene muy poco que ver con las ideas, y mucho que ver con las canonjías que reporta el ejercicio de la política. El que logra mejores canonjías para los afiliados es al final el que se lleva el gato al agua. La gente no acude a los partidos por voluntad de servicio público o por ideología, sino para conseguirse un curro bien pagado. Eso lo saben los afiliados, lo saben los dirigentes intermedios y lo saben mejor aún las direcciones nacionales, integradas por gente que lleva años viviendo de esto. Nadie habla expresamente del asunto, pero es evidente que lo que preocupa a los más es colocarse, y todo el resto son milongas. Es fácil entonces que se produzcan disensiones -siempre reversibles- entre la estrategia a seguir por quienes actúan desde una óptica nacional -quienes buscan acuerdos nacionales para colocar a los suyos- y por los que pactan en base a las posibilidades locales y lo que persiguen es un cargo para ellos y sus propios. Al final, el hecho consumado es lo que prospera, las amenazas se desvanecen y los perdones se rifan y adelantan en función de conveniencias, aunque cada baldón local, cada pacto o acuerdo no avalado por la dirección nacional se convierta en un retroceso en la unidad partidaria, en una traición a... ¿a qué? A muy poca cosa, porque los traicionados actúan exactamente igual, solo piensan en ellos.

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