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Repensar lo que viene

Por Francisco Pomares

Publicado en El Día

 


El naufragio de una patera que volcó en la costa de La Laja de Lanzarote, se ha llevado por delante las vidas y esperanzas de (al menos) nueve inmigrantes. El impacto de la noticia nos recuerda lo ocurrido hace diez años -también en Lanzarote, en Los Cocoteros, cuando perdieron la vida 25 inmigrantes, 15 de ellos menores, y una mujer embarazada- al zozobrar su barca. Los naufragios cuando las embarcaciones se acercan a la costa -el momento de mayor peligro de la travesía- se ha cobrado ya la vida de 336 personas este año en España. Y esta sangría que diezma a quienes se aventuran en el mar para mejorar su vida no es en absoluto una novedad. Pararla precisa medidas distintas. Las declaraciones políticamente correctas no van a solucionar el problema. Sólo tranquilizan nuestras conciencias. Pero los datos no son tranquilizadores: en los próximos 30 años, África será la zona del planeta dónde más aumente la población. Según la ONU, hoy son algo más de 1.200 millones de africanos, pero dentro de treinta años (una generación) serán el doble, 2.400 millones, Nigeria tendrá entonces más habitantes que toda Europa, Europa 30 millones de habitantes menos que ahora y la mitad serán mayores de 50 años. En el 2100, vivirán en África 4.500 millones de personas, y en Europa 650 millones, cien millones menos que hoy.

 

No hay que darle muchas vueltas para entender que el destino de Europa pasa por integrar al menos a 200 millones de africanos en los próximos 80 años. Dos millones y medio por año. Hacerlo en tan poco tiempo requiere repensar el concepto de integrar. Quizá seamos nosotros los que debamos cambiar? Y mientras eso ocurre? ¿que nos conviene hacer? Para empezar, tener menos prejuicios? ¿qué causa el desastre humanitario de miles de ahogados en el Atlántico y el Mediterráneo? Sabemos que lo provoca el tráfico humano controlado por mafias, que se enriquecen con los recursos de enteras familias que apuestan todo lo que tienen -entre 2.000 y 4.000 euros puede costar la aventura- para enviarnos al más preparado. Porque quienes se embarcan en pateras y cayucos no son ricos, pero tampoco son -en términos africanos- pobres. Suelen ser personas con algún estudio, hijos de mecánicos, de maestros, de pequeños comerciantes o propietarios? sus familias ahorran durante años para pagar su viaje. Abrir la puerta indiscriminadamente es imposible. Pero África se desangra de sus clases medias y arriesga la vida de miles de jóvenes porque Europa considera poco ética la venta de visados. ¿Por qué no dejar entrar legalmente a quienes estén dispuestos a venir pagando un canon, que dejaría de financiar a las mafias y su negocio de muerte? Ese canon por visado podría utilizarse para atender -a través de los servicios sociales- los gastos de primera instalación de los que lleguen, y lo que se ahorraría en centros de retención o vigilancia marítima podría servir para desarrollar una cooperación real.

 

No sé si es buena idea: se la escuché hace años a un taxista serekundí que había perdido a su hijo en el mar. Lo que sí sé es que toda esta autocomplacencia y conmiseración, todo éste buenismo declarativo, no resuelve nada. Y que en ochenta años, uno de cada tres europeos será de origen africano. O eso, o Europa será un geriátrico.

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