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El voto como trofeo de caza

Usoa Ibarra

 

 

La política nacional se está llenando de trampantojos. Es decir, está llena de protagonistas o programas que no son lo que parecen. El último en irrumpir en el menú electoral del 10N ha sido Iñigo Errejón, recubierto de moderación y progresismo, el que parece más jóven de lo que es, tiene altas apiraciones de poder. Desde Unidas Podemos lo entienden como una amenaza, porque intuyen que su único propósito es darles la estocada y con ella dividir más a la izquierda española, que demuestra que tiene fertilidad, pero acaba abortando el objetivo de la unidad.

 

Según escriben algunos analistas políticos, Errejón se va a presentar bajo la imagen de un político transversal, es decir, capaz de inclinar la balanza y promover el desbloqueo político que sufrimos.

 

Pero a la vez se le acusa de poner sobre la mesa un nuevo partido a nivel nacional que no ha tenido suficiente tiempo de cocción como para elevar la ilusión. Ahora bien, si es capaz de minimizar la abstención activa de los desencantados de izquierdas (habrá logrado mucho), pero si lo único que aporta es otro ingrediente de discordia, dejará una sabor agridulce y propiaciará más desapego y desconfianza en la clase política, ya que el ciudadano observará que se trata del mismo perro con distinto collar. Esta última hipótesis solo podrá ratificarse tras el periodo electoral que será cuando realmente quede claro si Más Madrid es un vaso comunicante del PSOE, y si si Errejón es el caballito blanco de Sánchez en su aspiración de que Unidas Podemos se arrodille a sus pies, facilitando su investidura, pero manteniéndose lejos del poder material.

 

A simple vista, la fórmula Errejón no es la solución a los problemas de ego que afectan a los principales líderes nacionales, incapaces de entender que los ciudadanos no aplican el derecho a voto como si fuera un filtro que disimula los defectos, sino como una delegación de responsabilidades en los que después tienen que tener la capacidad de construir un gobierno independientemente de la artimética resultante.

 

 

Cansados de los ajustes de guión, muchos ciudadanos dan la espalda a un sistema viciado por el Big Data y los algoritmos que miden voluntades y estados de ánimo. Muchos no quieren participar de la sonda rastreadora que ordena las prioridades de los politicos para que éstos construyan discurso y relato, pero no para que pasen a la acción de gobierno. Posiblemente el problema fundamental sea esa política líquida que virtualmente empapa, pero no penetra en la realidad colectiva. Cuando se ha llegado a cuatro llamadas a las urnas en cuatro años nos resulta más fácil identificar al lobo y el rastro que deja su presa. Por eso muchos se resisten a que su voto sea un simple trofeo de caza.

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