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El pelmazo de Aguirre

Gloria Artiles

 

Aguirre es de esas personas pesadas, que habla sin respirar, a quien no se le conocen amistades habituales o siquiera conocidos que sean capaces de resistir medio minuto a su lado aguantando estoicamente sus interminables y repetitivas peroratas. Tampoco se le conocen aficiones distintas a las que no tengan como motivo principal el hablar de forma desmedida y sin causa aparente acerca de asuntos indiferentes.

 

Todo en él se magnifica y temas intrascendentes quieren cobrar, por el empeño que cogen, una categoría superior que no les corresponde. Tiene la curiosa costumbre de disertar acerca de los últimos descubrimientos en nanotecnología aplicada a la neurociencia con la misma facilidad que lo hace sobre la infidelidad del vecino del tercero o el sexo de los ángeles. El caso es hablar y hablar. Lo sabe todo, oye. Como ‘maestro Liendre, que de todo sabe y de nada entiende’.

 

Él, claro, ha estudiado en la ‘Universidad de la Vida’, que es la excusa perfecta que siempre aducen aquellos que ya entrados en la madurez adulta, no saben cómo justificar su holgazanería ni cómo excusar su falta de voluntad, esfuerzo e interés en hincar los codos y ponerse a estudiar ahora lo que no pudieron en su juventud. Aguirre, que entró a dedo en los tiempos de Maricastaña en la administración pública sin haber acabado la EGB, fue ascendiendo con los años y terminó ocupando un alto puesto de responsabilidad, convirtiéndose en el ejemplo vivo de un incompetente con la osadía propia de un ignorante.

 

Pero lo peor de Aguirre no es eso, sino su inhumana inmisericordia. Jamás le he notado el loro la más mínima intención de detener su irreprimible voracidad discursiva ante las miradas de cordero degollado que le lanzan sus interlocutores en un intento desesperado por escapar del calvario. Al contrario, lo peor que uno puede hacer, en el caso de que Aguirre lo haya agarrado, es encubrir un bostezo o evadirse dejando los pensamientos a su libre albedrío, porque entonces la fiera (que, eso sí, las caza al vuelo y no le valen disimulos) no tiene piedad y cae sobre la presa de modo fulminante disparando palabras inconexas y frases sin sentido.

 

Soñé el otro día que Aguirre celebraba su 50 cumpleaños, casi 40 sin parar de hablar, y nos había reunido a toda su cohorte de escuchantes: nos recibió con su habitual monólogo, continuó con una amplia entrevista a sí mismo y finalizó, como guinda del extraño cumpleaños, con una brillante disertación acerca de nada en absoluto. Cuando acabó, los invitados le hicimos entre todos un pequeño regalo: un bozal como detalle. Nos costó lo nuestro colocarle el artilugio, pero mereció la pena. Al final lo que comenzó como una pesadilla, se convirtió en un sueño reparador. Me levanté como nueva.

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